Un recorrido por los lugares de donde sos. Cada parada trae sus instrumentos y su paisaje sonoro. Tocá los cuadros para armar el beat y rapeá arriba con el micrófono: tu toma queda grabada.
Palabras y escenas de cada lugar que caen arriba del beat. Agarralas al vuelo y rimá.
Se guardan en este navegador. Todavía no guardaste ninguno. Armá un beat, ponele nombre y tocá "Guardar beat y letra".
Una idea que nace con la arena de Ernst Chladni (1787) y la cimática de Hans Jenny (1967).
Elegí cómo llegás. Te proponemos una frecuencia y un pulso para escuchar: es una invitación a escucharte, no una receta.
Mové la frecuencia y mirá cómo la arena se reacomoda: se junta donde la placa queda quieta.
Así trabajaba Chladni: espolvoreaba arena sobre una placa de metal y la hacía sonar con un arco de violín. La placa vibra, pero hay líneas que se quedan quietas; ahí se junta la arena. Cada frecuencia dibuja su propia figura. Esta placa es una simulación hecha con esas mismas ecuaciones.
Alrededor del sonido circulan muchas promesas. Separar lo que la gente cree de lo que el sonido hace también es etnomusicología.
El oído humano escucha entre unos 20 y 20.000 Hz, y es más sensible entre 2.000 y 5.000 Hz: la zona de la voz y del llanto. Lo midieron Fletcher y Munson en 1933.
El tempo influye en la respiración y el ritmo cardíaco: lo rápido activa, lo lento afloja. El efecto existe pero es moderado (Bernardi y otros, 2006).
Dos relojes de péndulo colgados de la misma pared terminan marcando juntos (Huygens, 1665). Los cuerpos también se acoplan al ritmo: al caminar, al bailar, en una ronda.
Gilbert Rouget (La música y el trance, 1980) mostró que la música no produce el trance por sí sola: lo produce junto con el ritual, la creencia y la comunidad. Como en una lila gnawa.
Dos tonos apenas distintos, uno en cada oído, crean un "batido". Algunos estudios encuentran efectos chicos en la ansiedad o la atención; otros no. Evidencia mixta.
No hay nada natural en afinar a 432 o a 440: son convenciones. Los estudios que la comparan son muy pocos, chicos y con diferencias mínimas.
Las llamadas frecuencias solfeggio son una lista moderna, difundida por libros de autoayuda. No hay evidencia científica de que un tono repare el ADN.
La resonancia Schumann existe, pero es electromagnética, no sonido: no se escucha ni se puede "sintonizar" con un parlante.